El brillo armado condensaba el aire.
Los paños paternos no alcanzaban a cubrir el sueño.
La sala familiar convertida en trinchera:
Espadas erectas, exhibidas sin pudor, ordenadas en mutua comparación.
Un interior expectante, dispuesto a batallar. Exhibicionista de honores, rendidos a prepotencia. Caballeros se decían, y eran bravíos sin frenos Hombres que volvieron a andar en cuatro patas.
Francisco descubrió que todo brillo era un sueño.
Ya huido de los sueños dorados y de los brillos pasados, en la plaza pública, sin importar arma ni escudo, entregó a su padre los paños, los que llevaba puesto.
Desnudo y desatado, pudo decir por primera vez "Padre Nuestro"
Leyenda poética
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